Épica
                            

 

Mi padre era un buen falsificador de firmas
aprendí un poco, en las cantinas me mostraba
orgulloso a las putas, algunas se acercaban y
hablaban conmigo, diciéndome cosas que
yo no entendía.

Mi padre era un litigante honesto y borracho
tenía por amante a una prostituta que empleó
como secretaria, en ella y en la bebida derrochó
su dinero, él cobraba poco por su trabajo y fue
adquiriendo fama y descrédito, su hermano mayor
también litigante, explotó su trabajo.

Me pasaba las horas en el bufete del tío
leyendo libros de historia y soñando con ellos
también leía novelas, imaginaba mi vida en medio
de personajes virtuales, pasaba con facilidad
de la Grecia antigua a la España medieval o
a los conventos y monasterios antiguos.

Era tan pequeño que no resistía la tentación de
curiosear en todo, me asomaba a las faldas de
mi querida prima, pero cuando lo hice con mi madre
acabé colgado del madero principal que sostenía el
techo de casa, con el rostro enfurecido de mi
progenitor golpeándome un poco.

Escribía poemas a las niñas vecinas, soñaba con ellas
creía ser un nuevo Romeo y espiaba paciente sus paseos
en la calle. También jugaba fútbol pero no era fuerte,
en casa pasábamos hambre y mi alimentación se basaba
siempre en café negro y frijoles, huevo y pan o tortillas.

Poco a poco mi padre fue perdiendo dinero y vendimos
la casa, comenzamos a rentar cada vez casuchas más viejas
y las deudas y el alcoholismo fueron consumiendo su vida.
Tal vez nunca estuvo enamorado de mi madre o tal vez
ella nunca supo como retener a su esposo, su origen humilde
la hizo callada, descuidada en la casa y dedicada a los hijos.

Mis padres procrearon más de diez hijos, crecimos en
promiscuidad y con los nervios desechos, nuestra herencia
fue la enfermedad y el fracaso, pero nunca nos quejamos
siempre estuvimos orgullosos de ellos, comparé muchas veces
a mis padres con los padres de otros y no veía semejanzas,
mi padre era inteligente y honesto, mi madre buena y su
nobleza fue su mejor legado para todos nosotros.

Pero algo había en mí que me hacia diferente, una pequeña luz
dentro del ser que me hacía sonreír y que me daba confianza,
sabía que tenía una luz por dentro y así transité por la vida con
la seguridad y la constatación en los hechos de vivir con fortuna.
Tenía suerte. Era pobre y muy tímido. Estaba enfermo y padecía
depresiones. Pero tenía por dentro ésa luz que me guió a través
de los años, con una gran firmeza en la consecución de metas.

Ahora sé que vale la pena vivir, la vida es única y bella y los
minutos que contamos con ella son minutos sagrados que
no debemos tirar por la borda. La felicidad de vivir me ha hecho
sonriente, capaz de sentarme en el piso y jugar con un guijarro
o mirar las hormigas sin pensar en el tiempo, sin preocuparme de
nada excepto la vida, con la mente tranquila y el corazón descansado
mirando la tarde y aguardando a la luna con una luz amigable que
se parece a la mía.

 

 

 

 

Edgar Altamirano